Seria
advertencia:
ESTA PELÍCULA PUEDE PROVOCAR ENOJO
Por:Robert Fisk/ The Independent
En la universidad, los estudiantes varones solíamos
decir que era imposible llevar a una hermosa joven al cine, porque
uno no podía concentrarse en la película. Pero en
Canadá comprobé que esto no es verdad. Familiarizado
con Medio Oriente y sus abusos, y las perversas políticas
de George W. Bush, una guapa mujer y yo nos sentamos en las butacas,
absorbidos por Rendition, filme de Gavin Hood sobre el poderoso
y sorprendente testimonio de un “sospechoso de terrorismo”
torturado en una capital árabe no identificada después
de ser trasladado ahí por matones de la CIA, enviados por
Washington.
¿Por qué un “terrorista” árabe
telefoneó a un ingeniero químico egipcio que tenía
una green card y vivía en Chicago con su esposa estadunidense
embarazada, mientras asistía a una conferencia internacional
en Johannesburgo? ¿Tenía conocimiento de cómo
hacer bombas? (Desafortunadamente sí, era un ingeniero químico,
pero fue por error que las llamadas telefónicas llegaron
a su número).
Sale del avión en el aeropuerto internacional de Dulles e
inmediatamente es trasladado en un jet de la CIA a un lugar que
se parece sospechosamente a Marruecos, donde, desde luego, los policías
locales no aplican precisamente las reglas de Queensberry durante
los interrogatorios.
Un nervioso empleado de la CIA que trabaja en la embajada estadunidense,
interpretado por un nervioso Jake Gyllenhaal, tiene que ser testigo
de las torturas a las que se somete al cautivo, mientras la esposa
de éste ruega a los legisladores en Washington que encuentren
a su esposo.
El interrogador árabe empieza mascullándole preguntas
al egipcio desnudo en una prisión subterránea y sus
métodos van en aumento: de golpizas al “hoyo negro”,
al ahogamiento lento, hasta llegar a las descargas eléctricas.
El principal interrogador, Muhabarat, es, de hecho, interpretado
por un actor israelí, y es tan bueno que cuando exigió
saber cómo logró Al Jazeera conseguir imágenes
exclusivas de un atentado suicida delante de sus propios policías,
mi acompañante y yo estallamos en carcajadas.
Sobra decir que el joven de la CIA se ablanda; con justa razón
cree que el egipcio es inocente, obtiene por la fuerza su liberación
gracias al ministro local del Interior, mientras que el interrogador
en jefe pierde a su hija en un ataque suicida, y hay una fastidiosa
secuencia en retroceso para que la bomba estalle tanto al principio
como al final de la película. Mientras, Meryl Streep, quien
interpreta a la venenosa e indolente jefa de la CIA, es obligada
a enfrentar sus malas obras. No es muy realista, ¿verdad?
Bueno, piénsenlo de nuevo, pues en Canadá vive Maher
Arar, un ingeniero de software totalmente inofensivo, originario
de Damasco, quien fue detenido en el aeropuerto JFK, de Nueva York,
y pasó por un trato casi idéntico al del ficticio
egipcio de la película. Se sospechaba que era miembro de
Al Qaeda, y la policía montada canadiense transmitió
ese chisme sin fundamento a la FBI. Lo trasladaron en un avión
de la CIA a Siria, donde se le mantuvo en una cárcel subterránea
y fue torturado. El gobierno canadiense después dio a Arar
10 millones de dólares como compensación y recibió
una disculpa pública del primer ministro, Stephen Harper.
Pero los matones de Bush no se inmutaron, como Meryl Streep en su
papel de jefa de la CIA. Aún afirman que Arar es “sospechoso
de terrorismo”, razón por la cual testificó
en una reunión especial del Congreso estadunidense el 18
de octubre, en la cual tuvo que aparecer en una pantalla gigante
en Washington.
Verán, legalmente no tenía autorización para
ingresar a territorio estadunidense. En su lugar, yo preferiría
quedarme en Canadá, no fuera a ser que la FBI quisiera volverme
a llevar a Siria para otra ronda de tortura. “Déjeme
ofrecerle, a título personal, algo que nuestro gobierno no
le ha dado: una disculpa”, dijo humildemente el congresista
demócrata Bill Delahunt, pero, salvo eso, la administración
Bush no ha dicho ni pío.
Aún peor, Washington rehusó revelar la “evidencia
secreta”, que dijo tener en contra de Arar, cosa que la prensa
canadiense reveló al descubrir que la supuesta evidencia
no era sino el chisme de que Arar habría viajado a Afganistán,
según un prisionero árabe en Minneapolis, de nombre
Mohamed Elzahabi, cuyo hermano, dice Arar, en una ocasión
le reparó el automóvil.
Existe una linda cita del secretario de Seguridad Interna, Michael
Chertoff, y de Alberto Gonzales, entonces procurador general, en
el sentido de que la evidencia contra Arar estaba respaldada “por
información desarrollada por las agencias de impartición
de justicia estadunidense”. ¿No les encanta esa palabra:
“desarrollada”? ¿No les huele a podrido? ¿No
significa más bien “fabricada”?
Uno se pregunta cuáles eran los pensamientos de Bush cuando
mandó a Arar a Siria, un país que él mismo
llama “Estado terrorista” y que apoya a organizaciones
“terroristas” como Hezbollah. Al parecer, el presidente
Bush quiere amenazar a Damasco, pero al mismo tiempo le complace
mucho que los torturadores sirios estén dispuestos a martirizar
a alguien con descargas eléctricas en una prisión
subterránea en nombre de Estados Unidos.
Pero qué puede esperarse de un presidente cuyo sustituto
para el puesto del procurador Gonzales, Michael Mukasey, dice a
los senadores que “no sabe que está involucrado”
en la técnica de waterboarding (ahogamiento lento, que consiste
en vertir agua sobre la cabeza encapuchada de un prisionero. N de
la T)”, que las fuerzas estadunidenses usan durante los interrogatorios.
“Si el waterboarding es tortura, ésta no es constitucional”,
dijo con un balido el infortunado Mukasey. Sí, supongo que
si las descargas eléctricas constituyen tortura, también
tendrían que ser inconstitucionales, ¿cierto?
Al menos los lectores de The New York Times tomaron nota de las
inmortales palabras de Mukasey. Un ex procurador preguntó:
“¿Cómo puede Estados Unidos esperar recuperar
su posición como respetado líder del mundo en cuestiones
fundamentales como los derechos humanos si el principal procurador
de justicia no tiene el valor de reconocer la innegable realidad
de que el waterboarding es tortura?” Otro lector señaló:
“Al igual que la pornografía, la tortura no requiere
definición”.
Pero no todo está perdido para los amantes de la tortura
en Estados Unidos. Esto es lo que dijo el senador Arlen Spector,
sólido amigo de Israel, respecto de las vergonzosas declaraciones
de Mukasey: “Nos alegramos de ver que alguien fuerte y con
un sólido historial asuma el control de este departamento”.
¿Es la realidad más extraña que la ficción?
¿O es que Hollywood está despertando después
de películas como Syriana y Munich a las horrendas injusticias
en Medio Oriente y a las desvergonzadas e ilegales políticas
de Estados Unidos en la región? Vayan a ver la película
Rendition, los hará enojar, y recuerden a Arar. Pueden invitar
a una guapa dama para compartir con ella su furia.
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