El
Estado hueco
NEGOCIOS PRIVADOS, FORADOS PÚBLICOS
Por:Naomi Klein
No queríamos quedarnos atorados con algo
defectuoso. Eso fue lo que Michael Chertoff, secretario de Seguridad
Interna, dijo ante una comisión de la Cámara, el mes
pasado. Se refería al “muro virtual” planeado
para las fronteras de Estados Unidos con México y Canadá.
Si todo el proyecto sale tan mal como el prototipo de 28 millas,
podría resultar ser uno de los defectos más caros
de la historia: se proyecta que su costo sea, de aquí a 2011,
de 8 mil millones de dólares.
Esta semana, Boeing, la compañía que obtuvo el contrato
–el más grande otorgado por el Departamento de Seguridad
Interna–, anunció que finalmente, tras meses de retraso
debido a problemas con las computadoras, va a probar el muro. Las
fuertes lluvias confundieron sus cámaras de control remoto
y sus radares, y los sensores no pueden distinguir entre gente que
se mueve, vacas pastando o arbustos que ondean sus hojas. Pero esta
debacle apunta a algo mayor que una defectuosa tecnología.
Revela la defectuosa lógica de la visión de la administración
de Bush, que favorece un gobierno ahuecado, administrado en todos
los aspectos posibles por contratistas privados.
Según esa visión radical, los contratistas ven al
Estado como cajero automático, del cual retiran contratos
masivos para llevar a cabo funciones centrales, como asegurar las
fronteras e interrogar a prisioneros, y hacen depósitos en
la forma de contribuciones a las campañas. El ex director
de presupuesto del presidente Bush, Mitch Daniels, lo dijo así:
“la idea general –de que la tarea del gobierno no es
proveer servicios, sino asegurarse de que se provean– me parece
obvia”.
El otro lado de la moneda de la directiva de Daniels es que el sector
público pierde, a pasos agigantados, la habilidad para llevar
a cabo sus más básicas responsabilidades, sobre todo
en el Departamento de Seguridad Interna, el cual, como creación
de Bush, ha seguido el modelo del cajero automático desde
su concepción.
Por ejemplo, cuando el controvertido proyecto fronterizo fue lanzado,
el departamento admitió que no tenía ni idea de cómo
asegurar las fronteras y además no creía que fuese
su tarea averiguar cómo hacerlo. El subsecretario de Seguridad
Interna dijo a un grupo de contratistas que “ésta era
una inusual invitación… les pedimos que regresen y
nos digan cómo hacer nuestra tarea”.
Las compañías privadas no sólo llevarían
a cabo el trabajo, también identificarían qué
trabajo necesitaba hacerse, escribirían sus propias órdenes
de trabajo, las pondrían en práctica y las supervisarían.
Todo lo que el departamento tenía que hacer era firmar cheques.
Y, como dijo un ex alto funcionario de Seguridad Interna, “si
no proviene de la industria, no podremos lograrlo”.
En pocas palabras, si un trabajo no puede ser subcontratado, no
puede ser realizado.
Esta filosofía, central en los años de Bush, explica
estadísticas como ésta: en 2003, el gobierno estadunidense
otorgó a las compañías 3 mil 512 contratos
para llevar a cabo funciones de seguridad interna, desde la detección
de bombas hasta la búsqueda de datos. En el periodo de 22
meses que finalizó en agosto de 2006, el Departamento de
Seguridad Interna emitió más de 115 mil contratos
relacionados con la seguridad.
Si el gobierno ahora es un cajero automático, quizá
la guerra contra el terror se puede comprender mejor no como una
guerra, sino como una nueva economía en expansión,
basada en una continua inestabilidad y desastre. En esta economía,
el equipo de Bush no administra la asociación empresarial;
más bien juega el papel del capitalista de grandes bolsillos,
siempre atento a las nuevas compañías de seguridad
(una inmensa mayoría encabezadas por ex empleados del Pentágono
y Seguridad Interna). Roger Novak, cuya empresa invierte en compañías
de seguridad interna, lo explica así: “Todos los grupos
inversionistas están atentos a qué tan grande es el
pesebre (gubernamental) y se preguntan ‘¿cómo
puedo obtener una parte de la acción?’”
El contrato fronterizo de Boeing es sólo una parte de esta
acción. Otra, claro, es el auge de los contratistas de seguridad
en Irak, actualmente estelarizado por Blackwater USA.
El mes pasado, cuando el gobierno iraquí acusó a guardias
de Blackwater de masacrar civiles en Bagdad, quedó claro
que la embajada estadunidense no tenía ninguna intención
de cortar lazos con Blackwater porque no podría funcionar
sin él.
Quizá por ello ese mismo buró se apresuró en
responder a los alegatos del gobierno iraquí del tiroteo
de septiembre con un informe propio: que los guardias de Blackwater
fueron atacados y respondieron. Días más tarde salió
a la luz pública que un contratista de la embajada escribió
el informe, contratista que trabajaba para Blackwater. Entonces,
la administración envió a la Oficina Federal de Investigaciones
(FBI) a investigar los tiroteos. Sin embargo, pronto se supo que
sus investigadores podrían ser protegidos por Blackwater.
La FBI anunció que, por esta ocasión, buscaría
otros arreglos.
Y, ¿recuerdan el huracán Katrina, cuando los contratistas
–incluyendo a Blackwater– llegaron a Nueva Orléans?
Para ese entonces, la FEMA (la Agencia Federal en Manejo de Emergencias,
integrada a Seguridad Interna. N. de la T.) ya estaba tan ahuecada
que tuvo que contratar un contratista para que la ayudara a administrar
a todos los contratistas. Y, a pesar de todas las controversias,
el ejército recientemente decidió que necesitaba actualizar
su manual sobre el trato con los contratistas. Le dio la tarea de
realizar el borrador de una nueva política a uno de sus principales
contratistas.
Todavía se parece a un gobierno: con impresionantes edificios,
sesiones informativas sobre la presidencia a los medios, batallas
sobre las políticas. Pero si corres la cortina, no hay nadie
en casa.
El escándalo de Blackwater podría haber ofrecido una
oportunidad para cuestionar la pertinencia de transformar la seguridad
estatal en una actividad con fines de lucro, pero no en el Washington
de hoy. En vez de remplazar sus contratistas cowboy con tropas,
el Departamento de Estado dice que instalará cámaras
de video en los vehículos que protegen.
La vigilancia a través de video es uno de los sectores más
lucrativos de la economía de la guerra contra el terror.
Hasta podría resultar ser una maravillosa noticia para los
altos ejecutivos de Blackwater, que lanzaron una nueva compañía
de inteligencia privada presentada como un “servicio integral
capaz de satisfacer todas las necesidades de inteligencia, operativas
y de seguridad”. Si el pasado nos enseña algo, no hay
razón por la cual los hombres de Blackwater no podrían
ser contratados para espiar a Blackwater. De hecho, sería
la perfecta expresión del Estado hueco que Bush construyó.
www.tercaopinion.org |