La
muerte de Conor
29 DE MARZO DE 1991
Por: Eric Clapton *
Desde el principio, hubo algo de miedo en mi relación
con Conor. Después de todo, era un padre part-time. Los chicos
pueden ser muy despreciativos y crueles sin intención, y
yo me tomaba sus palabras de un modo personal. Sin embargo, a medida
que conseguía mantenerme sobrio, me sentía más
y más cómodo con la idea de verlo. Así estaba
en marzo de 1991, cuando arreglé para verlo en Nueva York,
donde Lori y su nuevo novio, Silvio, planeaban comprar un departamento.
En la noche del 19, pasé a buscarlo por el departamento de
la calle 57 Este para llevarlo al circo en Long Island. Era la primera
vez que salíamos juntos los dos solos, sin un acompañante,
y yo estaba nervioso y excitado. Fue una gran salida. El no paró
de hablar en toda la noche y estaba feliz de ver a los elefantes.
Me di cuenta por primera vez de lo que significaba tener un hijo
y ser padre. Me acuerdo de estar diciéndole a Lori, cuando
volvimos, que desde ese momento los días que me correspondiera
tenerlo, quería cuidarlo sin ayuda de nadie.
A la mañana siguiente me levanté temprano para pasarlos
a buscar a Conor y a Lori y llevarlos al zoológico, y después
a almorzar a Bice, mi restaurante italiano favorito. A eso de las
11 de la mañana sonó el teléfono. Era Lori.
Estaba histérica, gritando que Conor estaba muerto. Pensé:
esto es ridículo. ¿Cómo puede estar muerto?
Le hice la más tonta de las preguntas: “¿Estás
segura?”. Entonces me dijo que se había caído
por la ventana. Estaba desencajada. Le dije: “Voy para allá”.
Me acuerdo de ir caminando por Park Avenue, tratando de convencerme
de que estaba todo bien... como si alguien pudiera cometer un error
acerca de algo así. Cuando estaba cerca del edificio, vi
a la policía y a las ambulancias en la calle y seguí
de largo, sin el coraje para entrar. Finalmente me metí en
el edificio, y la policía me hizo algunas preguntas. Tomé
el ascensor hasta el departamento, que estaba en el piso 53. Lori
estaba fuera de sí y hablando como una loca. A esa altura
yo estaba calmo y desapegado. Me había encerrado en mí
mismo y me convertí en una de esas personas que se hacen
cargo de los demás.
Hablando con la policía, supe lo que había pasado
sin necesidad de entrar en el cuarto. El living tenía ventanales
del piso al techo y podrían haber estado abiertas durante
la limpieza. No había rejas porque el edificio era un condominio
y escapaba a las regulaciones normales. Esa mañana, el portero
había estado limpiando las ventanas y las había dejado
abiertas. Conor estaba jugando a las escondidas con su niñera,
y mientras Lori se distrajo cuando el portero la advirtió
sobre el peligro, él entró corriendo al cuarto y siguió
de largo por la ventana. Cayó 49 pisos antes de aterrizar
sobre el techo del edificio vecino de cuatro pisos.
Lori no estaba en condiciones de ir a la morgue, así que
lo tuve que identificar solo. Cualquiera haya sido el daño
físico que sufrió en la caída, para cuando
le habían devuelto a su cuerpo cierta normalidad, recuerdo
haber mirado su hermoso rostro en reposo y pensar: éste no
es mi hijo. Se parece un poco, pero él se fue. Lo fui a ver
de nuevo a la funeraria para despedirme y pedirle perdón
por no haber sido un mejor padre. Días después, acompañados
por amigos y parientes, Lori y yo viajamos a Inglaterra con el ataúd.
El funeral de Conor tuvo lugar en la iglesia de Santa María
Magdalena, en Ripley, donde yo crecí, en un frío y
desolado día de marzo, poco antes de mi cumpleaños
46. Estaban todos mis viejos amigos, fue un servicio hermoso, pero
yo estaba mudo. Miraba el ataúd y no podía hablar.
Lo enterramos en una parcela justo al lado de la pared de la iglesia,
y cuando el ataúd bajaba su abuela italiana se puso histérica
y trató de arrojarse a la tumba. Recuerdo que me impactó,
porque no soy dado a expresar emociones. No hago duelos de esa manera.
Cuando salimos del cementerio, nos encontramos ante un muro de periodistas
y fotógrafos. Eran cerca de 50. Lo curioso es que, mientras
muchos de los presentes consideraron eso una falta de respeto, no
afectó mi dolor de ninguna manera. No me importaba. Sólo
quería que terminara.
Después del funeral, cuando la familia de Lori ya se había
ido y el pueblo estaba tranquilo y yo, solo con mis pensamientos,
encontré una carta que Conor me había escrito desde
Milán diciéndome lo mucho que me extrañaba
y que quería verme pronto en Nueva York. Había escrito:
“Te amo”. Desgarrador como era, lo vi como algo positivo.
Tenía miles de cartas de condolencia para leer, escritas
desde todas partes del mundo por amigos, extraños y personas
como el Príncipe Carlos y los Kennedy. Estaba asombrado.
Una de las primeras que abrí era la de Keith Richards. Sólo
decía: “Si hay algo que pueda hacer, sólo decime”.
Siempre le estaré agradecido. No voy a negar que a veces
perdí la fe, y lo que me salvó la vida fue el amor
incondicional y la comprensión de mis amigos y compañeros
en Alcohólicos Anónimos. Iba a las reuniones y la
gente me rodeaba, me daba compañía, me compraba café
y me dejaba hablar de lo que había pasado. Incluso más
de una vez me pidieron que fuera el coordinador.
Después de una de esas reuniones, se me acercó una
mujer y me dijo: “Usted acaba de quitarme la última
excusa que tenía para beber. Siempre me dije que si algo
llegara a pasarle a alguno de mis hijos, entonces tendría
la justificación para emborracharme. Usted me demostró
que eso no es verdad”. De repente, me di cuenta de que quizá
había encontrado la forma de convertir esta tragedia en algo
positivo. Estaba en la posición de decir: “Si pude
atravesar esto y mantenerme sobrio, cualquiera puede”. No
había una mejor manera de honrar la memoria de mi hijo.
* Estas líneas son un fragmento de Clapton:
The Autobiography, la autobiografía que Eric Clapton editó
este mes en el mundo de habla inglesa.
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