La
burbuja inmobiliaria
CASTILLOS DE NAIPES EN EEUU
Por: Joseph Stiglitz
Hay veces en que haber tenido razón no reporta
ningún placer. Durante varios años mantuve que la
economía de Estados Unidos era sustentada por una burbuja
inmobiliaria que había reemplazado a la burbuja del mercado
accionario de los años noventa. Pero ninguna burbuja puede
expandirse eternamente. Con el estancamiento de los ingresos de
la clase media en Estados Unidos, los norteamericanos no podían
darse el lujo de hogares cada vez más costosos.
Como dijo de manera genial uno de mis antecesores en el cargo de
presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente
de Estados Unidos, “lo que no es sostenible no se sostiene”.
Los economistas, a diferencia de quienes se ganan la vida apostando
con acciones, no se declaran capaces de predecir cuándo llegará
el día del ajuste de cuentas, mucho menos de identificar
el fenómeno que derribará la casa de naipes. Pero
los patrones son sistemáticos, con consecuencias que evolucionarán
gradual y dolorosamente con el tiempo.
Aquí existe una macrohistoria y una microhistoria. La macrohistoria
es simple, pero dramática. Al observar el derrumbe del mercado
de hipotecas de alto riesgo, algunos dicen “no hay que preocuparse,
es solo un problema en el sector inmobiliario”. Pero esto
desestima el papel clave que el sector de la vivienda ha desempeñado
recientemente en la economía norteamericana, con una inversión
directa en bienes raíces y dinero obtenido de las casas a
través de la refinanciación de hipotecas, que representan
entre las dos terceras partes y las tres cuartas partes del crecimiento
en los últimos seis años.
Los precios en auge de la vivienda dieron a los norteamericanos
la confianza y los medios financieros para gastar más que
sus ingresos. La tasa de ahorro de los hogares norteamericanos estaba
en niveles que no se veían desde la Gran Depresión,
ya sea negativa o nula. Con las tasas de interés más
altas, que deprimen los precios de la vivienda, el juego terminó.
A medida que Estados Unidos pase, digamos, a una tasa de ahorro
del 4 por ciento (todavía baja según los parámetros
normales), la demanda adicional se debilitará, y con ella
la economía.
La microhistoria es más dramática. Las tasas de interés
que marcaron un mínimo récord en 2001, 2002 y 2003,
no hicieron que los norteamericanos invirtieran más –ya
había capacidad en exceso-. En cambio, el dinero fácil
estimuló la economía, induciendo a los hogares a refinanciar
sus hipotecas y gastar parte de su capital.
Una cosa es pedir prestado para hacer una inversión, lo cual
fortalece los estados de cuenta; y otra, pedir prestado para financiar
unas vacaciones o un rapto de consumo. Pero esto es lo que Alan
Greenspan incitó a hacer a los norteamericanos. Cuando las
hipotecas normales no cebaban lo suficiente la bomba, los alentó
a tomar hipotecas a tasa variable –en un momento en que las
tasas de interés no podían más que subir.
Los prestadores rapaces fueron un paso más allá y
ofrecieron créditos de amortización negativa, de manera
que la cantidad debida aumentaba año tras año. En
algún momento en el futuro, los pagos aumentarían,
pero a los prestatarios les decían nuevamente que no se preocuparan:
los precios de la vivienda subirían más rápido,
lo que facilitaría la refinanciación con otro crédito
de amortización negativa. La única manera (según
esta postura) de no ganar era quedándose al margen. Todo
esto representaba un desastre humano y económico en ciernes.
Ahora la realidad golpeó a la puerta: los diarios mencionan
casos de prestatarios cuyas cuotas hipotecarias exceden el total
de sus ingresos.
La globalización implica que el problema hipotecario de Estados
Unidos tiene repercusiones mundiales. La primera corrida bancaria
se produjo con la entidad de crédito británica Northern
Rock. Estados Unidos logró transferir las hipotecas malas
por un valor de cientos de miles de millones de dólares a
inversores (incluso bancos) en todo el mundo. Ellos enterraron las
hipotecas malas en instrumentos complicados; las enterraron tan
profundo que nadie sabía exactamente cuán malas eran,
y nadie podía calcular cómo ponerles un nuevo precio
rápidamente. Frente a semejante incertidumbre, los mercados
se congelaron.
Quienes en los ámbitos financieros creen en el libre mercado,
temporalmente perdieron la fe. Para bien de todos (por supuesto,
nunca es para satisfacer sus propios intereses egoístas),
arguyeron que era necesario un rescate. Si bien el Tesoro de Estados
Unidos y el FMI advirtieron que los países del este de Asia
enfrentaban crisis financieras hace diez años por los riesgos
de los rescates y les dijeron que no aumentaran sus tasas de interés,
Estados Unidos ignoró sus propios consejos sobre los peligrosos
efectos morales; compró miles de millones en hipotecas y
bajó las tasas de interés.
Sin embargo, las tasas de interés, a corto plazo más
bajas, condujeron a tasas de interés a mediano plazo más
altas, que son más relevantes para el mercado hipotecario,
quizá por los crecientes temores sobre presiones inflacionarias.
Talvez tenga sentido que los bancos centrales (o Fannie Mae, la
principal compañía hipotecaria de Estados Unidos patrocinada
por el Gobierno) compren cauciones respaldadas por hipotecas para
ayudar a darle liquidez al mercado. Pero aquellos a quienes se las
compran deberían ofrecer una garantía, de manera que
el público no tenga que pagar el precio de sus malas decisiones
de inversión. Los dueños de capital en los bancos
no deberían aprovecharse de la situación.
La “securitización”, con todas sus ventajas en
la distribución del riesgo, tiene tres problemas que no se
previeron de manera adecuada. Si bien implicó que los bancos
norteamericanos no resultaran tan afectados como lo habrían
estado sin ella, las malas prácticas de préstamo de
Estados Unidos tuvieron efectos globales.
Es más, la “securitización” contribuyó
al mal préstamo: en los viejos tiempos, los bancos que generaban
malos préstamos asumían las consecuencias; en el nuevo
mundo de la “securitización” los generadores
pueden transferirle los préstamos a otros (como dirían
los economistas, los problemas de la información asimétrica
aumentaron).
En los viejos tiempos, cuando a los prestatarios les resultaba imposible
efectuar sus pagos se reestructuraban las hipotecas; las ejecuciones
eran malas tanto para el prestatario como para el prestador. La
“securitización” hizo que la reestructuración
de la deuda resultara difícil, si no imposible.
Las víctimas de los prestadores rapaces son las que necesitan
ayuda del Gobierno. Con hipotecas que representan el 95 por ciento
o más del valor de la vivienda, la reestructuración
de la deuda no será fácil. Lo que se necesita es dar
a los individuos altamente endeudados una manera expeditiva de empezar
de nuevo. Por ejemplo, una cláusula de bancarrota especial
que les permita recuperar, digamos, el 75 por ciento del capital
que originalmente invirtieron en la vivienda, y que los prestadores
asuman el costo. Hay muchas lecciones para Estados Unidos y el resto
del mundo; pero entre ellas figura la necesidad de una mayor regulación
del sector financiero, especialmente una mejor protección
contra el crédito rapaz, y más transparencia.
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