México
insurgente
APUNTES SOBRE LA VIDA MILITAR DE FRANCISCO
VILLA
Por: Nellie Campobello
Conviene aclarar que habiendo nacido yo en tiempo
de la Revolución, no pude conocer al general don Francisco
Villa y menos aún darme cuenta de su vida. Quien me habló
de él por primera vez fue su viuda, la señora Austreberta
Rentería de Villa. Ella me ha hecho conocerlo tanto en lo
físico como en lo moral. Y me permitió leer el archivo
de su difunto esposo, siendo allí donde me pude dar cuenta
de las andanzas del guerrero. Durante una larga temporada asistí
diariamente a la calle de Abraham González 31, aquí
en México, y pude hacer apuntes. Hazañas de guerra
en todos sus aspectos; su vida de soldado. Después hablé
con algunos de sus dorados, José Nieto, Ismael Máynez,
quienes me dieron todos los datos que les pedí. Por carta,
otro dorado, Pedro Dávila, me dio información valiosísima.
El distinguido y famoso escritor norteño señor Martín
Luis Guzmán, quien ahora tiene parte del archivo, y fue villista,
me ha aclarado y dado datos importantísimos para estos apuntes.
He ido a conocer varios lugares donde se dieron algunas de las batallas
que se relatan aquí. Mi deseo era saberlo todo –imposible
deseo–. Aquí sólo constan algunos de los hechos
de armas de la vida de un guerrero; única que vivió
Francisco Villa, conductor de hombres de guerra; en otro aspecto
no existe. La verdad de sus batallas es la verdad de su vida.
Al acercarme a través de la historia a los hechos de armas
de los grandes generales del mundo, encuentro situado a Francisco
Villa como el único genio guerrero de su tiempo, uno de los
más grandes de la historia; el mejor de América y
después de Gengis Kan, el más grande guerrero que
ha existido.
Hago constar que este Francisco Villa nada tiene que ver con el
protagonista de tantas historias falsas y leyendas ridículas.
La persona a la que se refieren estos apuntes tuvo una vida ejemplar
como soldado. Dio batallas gloriosas las más y las mejores
habidas en México. Hizo innovaciones prácticas de
la caballería en batalla y le dio nuevas formas a la infantería,
enriqueciendo los recursos de la guerra.
De dónde surge el hombre de guerra
Leva. Cuerda. La Acordada. El Chaco. Los hombres de los poblados
huían al oír estos nombres y la Acordada se iba detrás
de ellos. Villa sabía esto y otras cosas más, por
eso a los diecisiete años pagaba con su sangre el haber nacido
fuerte y rebelde. El monte fue su refugio: sus amigos, otros hombres
jóvenes que huían por la misma causa. Entre ellos
estaban José Beltrán, Rosendo Gallardo, Sabás
Martínez y otros cuyos nombres se oscurecen allá lejos
en las arrugas de la sierra donde los lobos aúllan. Su rebeldía
era clara y limpia; las aves también la sienten cuando la
mano del hombre las aprisiona. Ellos la demostraban con el rifle
en la mano, en momentos en que las gentes de ideas, los intelectuales,
los escritores, no podían hablar, ni estar unificados, como
sucedió después.
Aquellos pequeños grupos peleaban por acabar con las injusticias
que cometían las autoridades en los pobres de las rancherías.
Mataban rurales, asustaban a los jefes políticos y a los
ricos. Robaban animales sin dueño, el ganado salvaje nacido
allí, perteneciente a quien primero lo tomaba. De estas mismas
manadas se surtían los Terrazas, los Creel y demás
ricos privilegiados que sólo cumplían con el requisito
de estamparles el fierro de la familia.
Así vivían y así comían: todo en defensa
propia, como los rebeldes de cualquier época. Bandidos los
llamaban los hombres del Gobierno, así se moteja a cuantos
luchan contra una dictadura.
La calumnia contra Francisco Villa ha cundido. Su vida solitaria
y miserable, de constante rebeldía, ha sido tema de las mentes
inquietas que insisten en explicar lo inexplicable para el mismo
Villa. Villa huyó por ese miedo que todos los jóvenes
pobres tuvieron a la leva. Después era imposible regresar.
La vida de los hombres contrae compromisos que sólo ellos
entienden y resuelven, compromisos incomprensibles como la vida
misma, que son porque la vida es.
En 1910 Francisco Villa continuó su rebeldía en las
ciudades. Vino sonriente, con la seguridad que sólo tienen
las gentes que han sufrido. México presentaba el aspecto
de una cárcel: sus hijos estaban encadenados. Los hombres
que gobernaban eran fuertes. Villa, siguiendo a Francisco I. Madero,
supo que con palabras y manifiestos nada se haría, porque
el pueblo no sabía leer, los esclavos ignoraban la palabra
libertad. Los mineros sabían que sus pulmones se les salían
por la boca, que sus piernas se les encogían por el reuma,
que sus hijos tenían las canillas flacas y los ojos pelones,
sabían muchas cosas tristes.
Aunque la leyenda recompuesta diga y afirme, antes de esa época
no existió Francisco Villa. Indudablemente, del muchacho
rebelde de 1893 nacía el bravo coronel de 1911, pero Francisco
Villa, el que conociera el mundo, el que vino a defender los ideales
del pueblo y a ser el jefe militar de la Revolución armada
de México, ése nació en 1910, vestido de amarillo
y llevando un sombrero ancho, con listón tricolor en la copa
y unas cananas fajadas en cruz.
La Revolución lo utilizó primero como capitán,
que a su vez junta a otros capitanes que han de ayudarlo a formar,
dos años después, el primer gran ejército nacido
del pueblo de México. Sus valientes capitanes iban por todos
lados levantando gente; unos traían diez hombres, otros veinte,
otros cincuenta; los mismos capitanes daban facultades a sus amigos
para que reunieran gente, caballos, rifles.
Poco a poco fue creciendo aquella columna. Era 1911. El soldado
Pancho Villa, el rebelde de 1893, estaba allí encabezando
a sus hombres. Por fin, sus sueños de libertad iban a discutirse
con baterías potentes. Por fin, su rebeldía de quince
años había encontrado eco: ahora ya no estaba solo,
tenía ochocientos hombres que llevaban ocho cananas por cabeza,
pertrechados y vestidos de amarillo; eran una columna dorada: así
decía la blanca tierra del desierto de Chihuahua y cada uno
valía por diez de los mejores. En sus manos traían
la vida de sus enemigos. Los soldados del pueblo pedían venganza.
“Podían temblar los caciques, los elegidos, los enriquecidos
con los dolores del pueblo”. Estas o parecidas palabras repiten
ahora los patriotas, los viejos que hoy pasean su cabeza blanca
por los campos que ayer regaron con su sangre de adolescentes e
idealistas.
En 1911 lo hicieron coronel, aunque él ya lo era de hecho.
En este año libró varios combates y tuvo difíciles
encuentros: el de Las Escobas, el de Tecolote, Cerro Prieto, Satevó,
Camargo y San Andrés. Amagó las guarniciones de Parral,
Jiménez, Chihuahua. Hostilizó las vías de comunicación
entre los federales de todo aquel estado.
En 1911 Villa sufre, lucha. Es mentira que apenas alzado en armas,
de todas partes brotaron hombres, carabinas, caballos. Ni tampoco
le entregaron soldados pertrechados, listos para que él los
guiara. Él supo responder al momento, vio que México
necesitaba quien derrocara al ejército de un tirano. Su primer
pensamiento fue juntar hombres, y así lo hizo.
Empezaron sus acciones tan desproporcionadas que nadie comprendía
cómo las empeñaba: con su estrategia propia lograba
pequeños triunfos. Engaños al enemigo, como el de
amarrar ramas en la cola de los caballos y hacerlos correr; encender
lumbres que fingían grandes campamentos; poner sombreros
en hileras para simular hombres; hacer que los caballos dieran vueltas
a un cerro indefinidamente. De este modo lograba derrotar destacamentos,
aumentar sus armas, hacerse de provisiones y demás pertrechos.
Todo iba sucediendo en forma rápida; aumentaban aquellos
temibles capitanes. Vinieron los combates importantes. Al sufrir
el descalabro de Casas Grandes, Madero manda decir a Pancho Villa
que venga en el acto. De la llegada de éste nace el ataque
a Ciudad Juárez, con Madero derrotado y herido de un brazo.
Cuentan los supervivientes que Villa, al llegar, traía ochocientos
hombres. Dicen que en un momento treparon por los cerros y que,
cuando todos acordaron, aquellos hombres se habían posesionado
de las alturas, listos y ágiles para pelear. Se les calmó
en su desconfianza y su jefe les ordenó que bajaran de los
cerros; ya casi tenían sitiado el campamento del señor
Madero (...)
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