Norman
Mailer: del todo al yo
RETRATO DE UN PELEADOR
Por: Michiko Kakutani/ Clarín
«Norman Mailer (1923- 2007) era, amén
de todo lo demás, ambicioso. En una oportunidad declaró
que quería escribir "una novela que Dostoievski y Marx;
Joyce y Freud; Stendhal, Tolstoi, Proust y Spengler; Faulkner, y
hasta el viejo enmohecido Hemingway puedan llegar a leer".
Con su obra, quería "alterar los nervios y la médula"
del país, "cambiar la conciencia" de su época.
Quería escribir el Gran Libro, la Gran Novela Americana.
Quería meter el mejor de todos los goles.
Es verdad que Los desnudos y los muertos fue una novela de guerra
meritoria que le valió una fama inmensa a la edad de 25 años,
y que luego escribiría muchas más novelas en las décadas
sucesivas, pero fue el ensayo, no la ficción, lo que habría
de quedar como su aporte más perdurable. Los ejércitos
de la noche, relato estridente y de una intensa teatralidad sobre
su propia experiencia en la marcha al Pentágono contra la
guerra en 1967, se convirtió en el documento fundador de
lo que Tom Wolfe llamaría "el nuevo periodismo":
un tipo de ensayo con todo el ardor, la actitud y el lenguaje corporal
de una novela pero que continuaba teniendo como base el trabajo
físico y la observación.
Era un género particularmente adecuado para cubrir el tumulto
y el cambio discordante que estaba dándose en el exterior
en los años sesenta, una década tan surrealista, tan
asombrosa, tan desconcertante a los ojos de algunos que superaba
cualquier cosa que un novelista pudiera plausiblemente imaginar.
Y Mailer utilizó sus copiosos talentos -una mirada rápida
y sagaz; un don para la descripción vívida; un radar
de murciélago para la atmósfera y el estado de ánimo;
y una prosa violenta, belicosa- para capturar el espíritu
estadounidense en momentos que el país abandonaba las manifestaciones
de los sesenta para ingresar en la era Watergate de los 70.
En su mejor creación, Mailer tomó a Estados Unidos
como tema, y abordando todo, desde la política hasta el boxeo
y Hollywood, desde los astronautas hasta las actrices o el arte,
describió -o intentó describir- las contradicciones
del país: su mojigatería y su fascinación mezquina
por la fama, el sexo y el poder; el pasado desmesurado y rebelde
de su frontera y su actual descenso a "tierra empresarial",
con sus lisonjas vulgares al consumo y el canto de sirenas de la
fama.
Si la hipérbole y la provocación pugilística
pasaron a ser los instrumentos de su oficio, también resultaron
herramientas útiles para registrar los dolores cada vez más
fuertes de un país versátil, confundido y en conflicto
a mediados del siglo.
Informar pareció anclar, de alguna manera, los vuelos obsesivos
de la fantasía de Mailer en algo real, y sus restricciones
lo llevaron a hacer su mejor trabajo: el ejemplo ilustrativo es
su obra maestra de 1979 La canción del verdugo, una epopeya
americana que transformó la historia real de Gary Gilmore
en una potente balada sobre el amor, la violencia y la muerte.
Escrita en una prosa simple y despojada que captura las voces de
quienes pueblan la vida de Gilmore, La canción del verdugo
marca una desviación de estilo para Mailer, quien en Los
ejércitos de la noche y otras obras había creado una
serie de alter-egos avasalladores: Aquarius, el cronista "médium
marginal", "criminalmente ego-maníaco", el
"guerrero, presunto general, campeón de la obscenidad,
el combativo enfant terrible del mundo literario".
Estos narradores voluntariamente provocativos recordarían
a los lectores las jugarretas públicas del autor -se presentó
como candidato para alcalde de Nueva York, apuñaló
a su mujer en una fiesta con una navaja de bolsillo y las corneadas
o los disparos desenfrenados contra rivales y críticos literarios
(me incluyo). También le proporcionaron a Mailer un medio
para filtrar los hechos caóticos de los sesenta a través
del prisma de su ego combativo y whitmanesco. Le permitieron mitologizarse
incluso cuando usaba su personalidad como índice para graficar
cómo había cambiado el mundo. Y anticiparon los "auto-bombos"
narcisistas que pasarían a ser de rigor años más
tarde, en la Me Generation con sus programas de actualidad confesionales
y sus autobiografías reveladoras.
Esta focalización deliberada en sí mismo, tal como
señaló Mailer alguna vez, era en parte una respuesta
a la fama: al pasar de observador a observado aprendió a
"vivir en el sarcófago de su imagen": "Para
cualquiera que se haya convertido en escritor muy temprano y que
tenga un éxito considerable, como le pasó a Capote
y a Vidal y a Styron y a mí, no es automático ni fácil
después mirar a los otros con un interés simple, porque
en líneas generales ellos están más interesados
en nosotros que nosotros en ellos". Es indudable que poner
la mira en sí mismo incidió en la naturaleza cada
vez más solipsista de la ficción de Mailer. En vez
de escribir una gran novela tolstoiana sobre Estados Unidos que
"hablase a nuestro tiempo" y capturase el pulso social
y político del país, continuó produciendo cada
vez más novelas tendenciosas que eran andamiajes para sus
ideas excéntricas, a veces perversas, sobre la violencia,
el sexo y el poder, lo que en su momento llamó "los
misterios del asesinato, el suicidio, el incesto, el orgasmo y el
Tiempo".
El argumento en esos libros a menudo resultaba casi fuera de lugar,
y los personajes aparecían con frecuencia como encarnacio
nes parlantes y andantes de las teorías de Mailer. De hecho,
el héroe de Mailer -Stephen Rojack en An American Dream,
digamos- tendía a ser una variación carnívora
de "the hipster" identificado por Mailer en su controvertido
escrito de 1957 "El Negro blanco": un pandillero existencial
que se define a sí mismo en oposición a la conformidad
que ve a su alrededor; un individuo nihilista, dispuesto, ansioso
incluso por adoptar la violencia como fuerza liberadora; un "psicópata
filosófico" que vive solamente para sí mismo.
En trabajos ulteriores, los personajes también fueron reinventados,
a veces de manera inapropiada, como héroes extrañamente
mailerescos. Pese a sus reiteradas traiciones de parientes y amigos,
Picasso es celebrado como un artista heroico, que en su obra hizo
gestos de arrojo, arriesgando su vida (Picasso: retrato del artista
joven). Lee Harvey Oswald es para él un inconformista visionario
(Oswald: un misterio americano). A Jesús le tocan las obsesiones
del autor con los olores y la disipación de la energía
espiritual (El evangelio según el hijo). Y Hitler, nada menos,
es descrito por el narrador del Castillo en el bosque (un narrador
que es un emisario satánico) como un niño abusado
sexualmente que desarrolla "una voluntad de hierro" y
adhiere al concepto nietzscheano sobre el poder que el asesinato
proporciona al asesino.
«Elogio de la repetición«r
Ya en los años 80 Mailer observó que repetía
la mayor parte de sus ideas sobre Dios, el arte, la violencia, al
igual que la visión de Estados Unidos como una suerte de
miasma decadente -él lo llamó Cancer Gulch- espiritualmente
empobrecido, que desarrolló en la década de 1950,
cuando terminó oponiéndose a las costumbres represivas
del país. Dijo que estaba abocado "cada vez menos a
una exploración y más a una ocupación de territorios
que reconocí hace años".
"Lo que pasa es que nos convertimos en el sombrero que llevamos
en la cabeza", dijo. "No tenemos el placer de disfrutar
nuestra propia mente como antes, cuando éramos jóvenes,
sino que tenemos que trabajar con lo que la mente produce. Hace
años me encontré con Henry Kissinger y le pregunté
si disfrutaba el estímulo intelectual del trabajo y me dijo,
efectivamente: 'Trabajo con las ideas que formé en Harvard
hace muchos años. Desde entonces no he tenido una verdadera
idea; lo único que hago es trabajar con las viejas'. Ahora
sé exactamente a qué se refería -pienso que
se pueden tener solamente algunas ideas en la vida y una vez que
las tenemos, debemos desarrollarlas".
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