A
50 años de la muerte de Wilhelm Reich
LA REVOLUCIÓN TAMBIÉN ES SEXUAL
Por: Osvaldo Baigorria/ Página 12
“¿Por qué razón millones
de personas habrían de respaldar su propia represión?”
“¿Qué sucede en el interior de las masas cuando
éstas son llevadas a seguir a un partido o líder diametralmente
opuesto a sus propios intereses?” Las preguntas formuladas
por Wilhelm Reich cuando surgió el nazifascismo en Europa
fueron arrojadas a un incinerador en medio de seis toneladas de
libros, periódicos y manuscritos de ese autor destruidos
por orden judicial en Nueva York hace medio siglo. Aunque las llamas
del macartismo fuesen menos visibles que las hogueras nazis que
dos décadas antes habían quemado algunos de esos mismos
títulos, el gesto era casi el mismo. Y parecía dar
la razón a Reich, pese a que había indicios de que
éste podría haberla perdido por completo.
Ex psicoanalista, ex marxista, subversivo político-sexual,
charlatán, curandero, pseudoinventor, esquizofrénico
y “paranoico con delirios de grandeza” según
el psiquiatra de la prisión donde pasó sus últimos
días, Wilhelm Reich no hizo mucho para sacarse de encima
los rótulos que lo destinaron a la exclusión y al
olvido. Después de seis meses de encarcelamiento, convencido
de haber caído en manos de los “pequeños fascistas”
que le pisaron los talones durante toda su vida, murió de
un ataque cardíaco en la madrugada del 3 de noviembre de
1957.
Poco antes de ingresar a la cárcel había logrado ocultar
dentro de un armario y de un cuarto oscuro para revelado fotográfico
unas doscientas cajas con material impreso que, según su
testamento, debía permanecer oculto en un lugar a salvo de
“destrucción y falsificación histórica”
hasta cincuenta años después de su muerte. El plazo
se ha cumplido. El Museo Wilhelm Reich y la Universidad de Harvard
podrán abrir al público los archivos guardados durante
medio siglo. Sin embargo, la espera de una época más
propicia pudo haber sido inútil. El mundo ha cambiado mucho
aunque no tanto ni en la mejor dirección. Si Reich viviese,
volvería a confirmar que el fascismo era algo más
que un fenómeno europeo de la primera mitad del siglo XX.
Orgasmo contra el capitalismo
Nacido en 1897 en una región del imperio austrohúngaro
llamada Galizia, dentro de una familia judía no practicante
de lengua alemana, Wilhelm Reich fue oficial en la Primera Guerra
Mundial, graduado en medicina en la Universidad de Viena, miembro
de la Asociación Psicoanalítica, estudiante de neuropsiquiatría
y asistente en el Policlínico vienés dirigido por
Freud en los años ‘20. Pero como psicoanalista siguió
un desvío hacia la izquierda que lo llevaría a una
teoría propia de análisis del carácter y a
una militancia político-sexual cuando los partidos comunistas
o socialistas no se interesaban en la sexología ni en la
prevención de la natalidad. En 1928 ingresó al Partido
Comunista austríaco y fundó la Asociación Socialista
de Información e Investigaciones Sexológicas. En vez
de trabajar con la burguesía vienesa, se dedicó a
aconsejar a obreros en los goces del sexo no reproductivo, en el
derecho a las relaciones entre menores de edad y en el más
allá del matrimonio monogámico. También empezó
a experimentar con técnicas de contacto corporal y ejercicios
respiratorios en dirección a una terapia propia desarrollada
en completa ruptura con la sesión psicoanalítica.
Sus libros Análisis del carácter y La función
del orgasmo, escritos a fines de los años ‘20, expresan
esa deriva teórica y política en la que Reich fue
cautivado por la idea fija de liberar lo que llamaba la “vida
sexual natural” de todas sus trabas externas, sociales, para
garantizar la salud psíquica. El corolario fue cierta obsesión
con la relación genital heterosexual y con un idealizado
“reflejo orgásmico” o experiencia de entrega
al flujo de energía biológica sin inhibiciones.
Ante la Revolución Rusa, Reich fue más que progre:
reivindicó la abolición del matrimonio patriarcal
y la legislación soviética sobre educación
sexual y control de la natalidad de 1917-18. Pero cuando pocos años
más tarde se promulgaron leyes antihomosexuales y se establecieron
nuevas trabas al aborto, analizó críticamente la “reacción
sexual” en Rusia en su libro Die Sexualität im Kulturkampf
(La sexualidad en la lucha cultural), que en 1944 se editaría
en inglés como The Sexual Revolution.
Publicado por primera vez en Viena en 1930, al tiempo en que Reich
se mudaba a Berlín y se incorporaba al PC alemán,
La revolución sexual cuestionaba a la institución
del matrimonio y a la familia patriarcal como fuentes de frustración,
discutía conflictos de la sexualidad infantil y juvenil en
el capitalismo y analizaba los problemas de comunas, soviets y otras
nuevas formas de vida en una revolución socialista. Hoy el
texto presenta contenidos que pueden parecer moderados o incluso
reaccionarios en el mundo de la diversidad del goce, en especial
por su defensa de un “carácter genital sano”
de la pareja heterosexual, aunque alguna sugerencia inocente todavía
pueda tener sentido, como su crítica a las relaciones de
corta duración por insatisfactorias y su recomendación
de acoplar ternura con sensualidad en el sexo infantil y adolescente.
En Berlín, Reich fue pionero de los reclamos por anticonceptivos
gratuitos, derechos reproductivos, derogación de leyes contra
el aborto y la homosexualidad y modificación de leyes sobre
matrimonio y divorcio. De acuerdo con el Comité Central del
PC, creó la Asociación Alemana por una Política
Sexual Proletaria, abreviada y más conocida como Sex-Pol,
que llegó a tener unos 20.000 miembros. Y desarrolló
la investigación militante que lo llevaría a Psicología
de masas del fascismo. Publicado en 1934, este libro prohibido de
inmediato por los nazis alemanes e incinerado luego por la derecha
norteamericana también le costaría a Reich su expulsión
del PC por “compartir las posiciones del trotskismo contrarrevolucionario”
y sostener que “la clase obrera alemana ha sufrido una enorme
derrota”. El texto influiría más tarde en la
investigación dirigida por Theodor Adorno en la Universidad
de Berkeley a fines de los 40, cuyo resultado fue La personalidad
autoritaria.
El sargento interno
Psicología de masas del fascismo se ocupó en analizar
cómo la ideología o programa de un führer puede
triunfar gracias a su semejanza con la estructura psíquica
promedio de una amplia categoría de individuos. Para Reich,
el fascismo no era sólo un fenómeno transitorio y
de límites geopolíticos precisos, como creía
la mayor parte de la izquierda europea de entreguerras. El fascismo
es “la expresión políticamente organizada de
las estructuras de carácter del hombre medio”, el producto
de una actitud emocional básica de quien está sojuzgado
por la autoridad. El fascista es el “sargento mayor”
en el ejército gigantesco de una civilización “profundamente
enferma e industrializada”. Y su célula germinal es
la familia patriarcal, en la que se educa a todos en la obediencia
y se reprime sexualmente a niños y mujeres en particular.
Hoy puede decirse que Reich tenía una concepción simplista,
centrada sólo en las funciones negadoras o prohibitivas del
poder. Pero varias de sus preguntas e intuiciones siguen siendo
relevantes en zonas y tiempos de peligro. Su insistencia en que
el combate antifascista no debía acotarse a las estructuras
macropolíticas sino incidir sobre la familia, la educación,
la cotidianidad de la cultura, dejó su marca en aquellos
grupos que armaron las primeras banderas del derecho a la diversidad
sexual. Poco antes del Mayo Francés, los libros de Reich
influirían en Daniel Cohn-Bendit y otros activistas de la
campaña contra la separación por género en
los dormitorios universitarios. Nunca se sabrá cuántas
víctimas del uso y abuso de camas compartidas habrán
caído seducidas por el llamamiento reichiano “Es preciso
transformar la rebelión sexual de la juventud, secreta o
abierta, en una lucha revolucionaria contra el orden capitalista”,
pero desde esa base o terruño varios movimientos se pusieron
en marcha, y sus efectos fueron cada vez más visibles. En
Argentina, el documento Sexo y revolución, publicado en el
‘73 por el Frente de Liberación Homosexual, condenaba
a la prohibición y la “castración sexual”
en términos de la retórica reichiana: “La figura
autoritaria del padre es reproducida en la figura del policía,
del patrón, del Estado...”. Antes del golpe del ‘76,
los primeros reclamos de derogación de los edictos policiales,
abolición de la censura y libre circulación urbana
de menores, putas, travestis, taxi boys, etc., avanzaron bajo la
consigna reichiana “por una política sexual”
firmada de puño y letra por Néstor Perlongher, uno
de los fundadores del grupo Política Sexual, así llamado
en homenaje al creado en Alemania en la década del ’30.
Palabras sucias
Por cierto, las asociaciones alemanas de pedagogía sexual
proletaria no podían tener larga vida durante el ascenso
del nazismo. Reich tuvo que emigrar a Dinamarca, Suecia y Noruega,
países en los que registró un tratamiento hostil por
parte de los psiquiatras y la prensa, y en 1939 abandonó
definitivamente Europa para afincarse en EE.UU. Allí enseñó
y ejerció la psiquiatría, y se dedicó por entero
a sus manipulaciones del “orgón” o unidad de
energía vital con la que trató de curar diversas enfermedades.
Experimentó con pacientes sentados dentro de cajas “acumuladoras
de orgón” y también realizó inventos
dudosos, como un cañón con el que trataba de influir
sobre las nubes para atraer la lluvia.
No tardó en ser perseguido durante los años sombríos
del macartismo. Primero fue investigado por el FBI bajo sospecha
de ser un agente extranjero. Luego, la Food and Drug Administration,
que actuaba como servicio de inteligencia para espiar y controlar
métodos no aceptados por el establishment médico-farmacéutico,
denunció a las “cajas orgónicas” como
fraude. En 1954, un juez ordenó que todos los materiales
escritos que mencionaran “energía orgónica”
fuesen destruidos. Y prohibió la publicación de Psicología
de masas del fascismo, entre otros libros, hasta que toda referencia
al “orgón” fuese eliminada.
En 1956, cuando Reich se negó a una citación judicial
aduciendo que un tribunal no es el lugar idóneo para discutir
cuestiones científicas, se lo condenó a dos años
de prisión por desacato y violación a las leyes de
drogas y alimentos. Terminó sus días en la penitenciaría
federal de Lewisburg, Pensylvania, la misma en la que fue recluido
el editor Samuel Roth, responsable de la reedición y venta
clandestina del Kama Sutra y El amante de Lady Chatterley, entre
otros libros interdictos por las leyes de obscenidad y pornografía.
Pasaron cincuenta años. Ya no existen quemas de libros ni
censura editorial del mismo carácter que en el macartismo,
aunque el FBI y otras agencias han aumentado su poder de espionaje
legal e ilegal sobre grupos e individuos desde septiembre de 2001.
La ofensiva neoconservadora se ha centrado en otras áreas,
como prohibir y multar la emisión radial y televisiva de
insultos y palabras “sucias”. O influir sobre el financiamiento
federal de programas de educación sexual para que se suprima
información sobre el uso de condones. Luego de atravesar
la modificación de conductas de los años ‘60
y ‘70, el nuevo reciclado de viejas prohibiciones sugiere
que algunas sospechas de Reich no estaban tan erradas. Que el autoritarismo
no cede terreno fácilmente en ninguna región del planeta.
Que la apertura de espacios de libertad como efecto de una modernización
estructural no está garantizada por ningún destino.
Que la despenalización de ciertas prácticas –pongamos
por caso el aborto– no tiende a generalizarse por “goteo”
desde la elite hacia las masas. Y que nada está escrito en
el futuro de algún libro de la historia. Es probable que,
sin un pequeño o gran empujón, muchos cambios de leyes
tácitas o escritas que ordenan las costumbres no hubieran
tenido lugar. Ni ayer ni hoy. Ya no se habla de “revolución”
sino de “diversidad” y en vez de “liberación”
se dice “visibilidad”. Con todas sus limitaciones, delirios
y desvaríos, Wilhelm Reich fue una de las voces que más
empujó en esta dirección.
13-11-07
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