La muerte de Melissa Alfaro

UN CRIMEN DE LA DICTADURA

Por: Efraín Rúa*

El 10 de octubre de 1991 un sobre bomba acababa con una promesa del periodismo nacional. Melissa Alfaro murió seccionada por el explosivo colocado por los asesinos de la dictadura fujimorista en la sala de redacción del semanario Cambio. Hoy que el tirano reclama por derechos que nunca respetó es bueno que la ciudadanía conozca de sus crímenes y exija sanción por su  accionar.

Enero. Leo una revista en la que se advierte de una nueva denuncia contra Alberto Fujimori por la muerte de la periodista Melissa Alfaro. El caso permaneció encarpetado durante 14 años. Solo la persistencia de la familia logró que el caso sea reabierto para identificar a los responsables que permanecían en el anonimato.
Semanas después, leo en el libro de Ricardo Uceda, ‘Muerte en el Pentagonito’, que agentes del grupo Colina conocían de una grabación en la que el oficial EP, Víctor Penas, reconocía su participación en el atentado de 1991.
Vuelven a mi memoria esos lejanos días. Recuerdo uno de los últimos encuentros con Melissa. Ella iba rumbo al Congreso, yo a La República. « ¿Por qué la vida es tan difícil para los jóvenes? ¿Por qué tenemos tantos problemas?», me dijo.
Noté su rostro preocupado, dolido, distinto al que siempre traslucía. No supe que responderle. Le dije simplemente: «A ver si nos tomamos un café».
No hubo otra oportunidad.
Eran días difíciles para ella. Acababa de perder un ciclo de estudios por no poder pagar la matricula en el Instituto de Periodismo ‘Bausate y Mesa’ y se enfrentaba a las autoridades por el alza de las pensiones. Estaba afectada, además, por la partida de su enamorado Roberto, el hijo de un ministro de Allende asesinado por la dictadura pinochetista, que acababa de retornar a su país.
No eran sus únicos problemas. Acababa de ser nombrada jefa de informaciones de la revista Cambio, una revista de izquierda a la que los mentores del gobierno acusaban de ser vocero del MRTA. Una responsabilidad que habría hecho temblar al más experto.
Eran los tiempos en que Alberto Fujimori acusaba a la prensa opositora de hacer apología de la subversión, en que los grandes medios de comunicación preferían no contradecir sus palabras, en la que había periodistas desaparecidos o asesinados como el ayacuchano Luis Morales Ortega.
Eran los tiempos de los sobres-bomba, de las desapariciones, del estallido de la guerra sucia propiciada por los agentes del gobierno fujimorista. En esas circunstancias, Melissa decidió apostar por el periodismo que denunciaba esos crímenes.
Sabía de los riesgos, estaba preocupada por constantes llamadas intimidantes y obscenas que llegaban hasta su casa. Había decidido evaluar qué acciones tomar ante las amenazas, pero tenía claro que su vocación no pasaba por la obsecuencia ante un gobierno criminal.  
Decidió que su única militancia sería su compromiso con la verdad. En su breve tránsito por el periodismo denunció las masacres que comenzaban a ensombrecer el país. Y la revista y ella se convirtieron en blancos de la dictadura. Roberto Huamán, el brazo derecho de Montesinos, fue visto merodeando el local de la publicación.
Semanas antes de su muerte, escribió un informe sobre el crimen del alcalde de Huaura, Jesús Morales. Allí decía: «Los asesinatos selectivos y las violaciones a los derechos humanos por parte de grupos paramilitares contra campesinos y autoridades ediles que luchan por una sociedad mejor, que denuncian a los verdugos del pueblo y asisten a los desposeídos, son ya una práctica institucionalizada en la guerra sucia que han venido implementando los gobiernos de turno».
No había que pensar demasiado para saber a dónde apuntaban sus palabras. Había que tener valor para decirlo en esos momentos, cuando la violencia del Estado estallaba con el respaldo de Alberto Fujimori.
Eso le costó la vida.
La bomba la mató la tarde del 10 octubre. Escuché la noticia a través de la radio y quedé sin habla. Después de recuperar el aliento, de preguntar por otros amigos de la revista, me dirigí a la oficina de Petit Thouars, para verla por última vez.
Ella murió a los 23 años al abrir el paquete explosivo que contenía amon gelatina. El sobre-bomba tenía el membrete de la Fundación Alemana para el Desarrollo Internacional. Acababa de desenvolver el paquete escondido tras unas revistas, cuando una explosión sacudió toda la cuadra.
Momentos antes había llegado del Parlamento. «Me voy a comer mis frejolitos», les dijo a unos amigos que la invitaron vanamente a almorzar. Antes de ir al comedor, Melissa decidió revisar la correspondencia que le había entregado el viejo guardián Carlos Rivera. Sus compañeros sólo llegaron a ver su cuerpo cubierto por el humo del explosivo.
Esa tarde, Carlos Arroyo y Yehude Simon, responsables de Cambio, habían concertado una entrevista con un corresponsal extranjero. Los asesinos sospechaban de sus vínculos con el MRTA y decidieron liquidarlos. Melissa llegó antes, cogió la correspondencia y abrió el paquete explosivo. 
A sus amigos, a los que la conocimos, solo nos quedó un profundo dolor que en estos años hemos tratado de mitigar, buscando que se haga justicia y que los criminales paguen su accionar. Pero el letargo de la justicia nos hace dudar.
Los negociados del fujimorato han sido santificados bajo el pretexto del respeto a la inversión. En tanto que el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad apenas acaban de empezar. El comandante Fernando Rodríguez Zabalbescoa, uno de los implicados en el crimen de Melissa, permanece bajo arresto domiciliario, debido a los años sin juzgamiento.
Ha  pasado una década y el país no ha logrado castigar los crímenes de la dictadura, dejando en claro el poder que lo cobija. Alentado por ello, el prófugo japonés pretende volver a conquistar el cargo que perdió tras la ira popular del 2000.
Si viviera Melissa, estoy seguro que volvería a plantearme sus preocupaciones. Sabría que los problemas del Perú siguen irresueltos, que más del 50% de la población se debate en la pobreza, mientras los grupos de poder siguen haciendo de las suyas y actuando sin control.
A Melissa le habría bastado esta constatación para estar en las filas de los que se enfrentan a los grupos de poder, a los que estuvieron tras el fujimorato, y ahora están tras Toledo.
Si viviera, Melissa habría estado en su lugar.  

* El Crimen de La Cantuta, cuarta edición (2006)   

12-10-07

www.tercaopinion.org