La imagen que conquisto al mundo

EL CODICHE GUEVARA

Por: Rodrigo Fresán

Siete años antes de morir, el Che Guevara fue fotografiado sin saberlo en el Malecón de La Habana por un joven fotógrafo cubano llamado Alberto Korda. Poco tiempo después, el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli amplía y cuelga en su librería de Milán la foto tomada del negativo que Korda le regala del Che. Desde entonces, ese icono pop descubierto por la izquierda italiana ha recorrido el mundo bajo las formas más inesperadas: del poster y la remera al bíceps tatuado de Maradona, el llavero de feria y Los Simpson.
  
UNO
No es un big bang (el big bang llegará más tarde, siete años después) sino un big click.
El instante mágico y preciso.
El dedo en el disparador y no en el gatillo y el milagro que, dicen, roba un poco del alma. Aunque aquí –me temo– el sentido se invierte y es esa foto la que le roba un poco de alma a todo aquel que la mira, la usa, la viste, la pervierte, la cambia sin nunca modificarla del todo.
Una foto que es el alma; que permanece sólida como tal, pero que, por el camino, te roba el cuerpo y, con el cuerpo, la vida. Muchos venderían su alma al diablo para conseguir una foto así. Una foto que despide más religiosidad que cualquier estampita religiosa con halo y corazón sangrante y ojos volteados hacia el cielo.

Porque, a no dudarlo, compañeros: en su revolucionario y revolucionante génesis –en su conciencia de saberse definitiva e insuperable, ya en el mismo segundo en el que el negativo comprende todo lo positivo que llegará a ser– está la clave de todo el asunto.
Preparen, apunten, posen.
Y fuego.

DOS
Y a mí no me engaña: ese hombre –como el top-model Derek Zoolander preparando calculada y pacientemente su Blue Steel que sacudirá el mundo de la moda– tiene que haber practicado mucho ese rostro y esos rasgos frente al espejo, sabiendo que lo que allí ofrece es, en realidad, una cara-de-espejo. Un lugar donde, sí, reflejarse. Un retrato de Dorian Gray en reversa: mientras la carne y las ideas y las ideologías que toman su nombre en vano y profanan su memorioso espíritu se pudren, esa pose permanece, intocable e intacta, como si la piel estuviese bañada en bruñido bronce o en acero inoxidable o en oro puro. Esa estatuaria actitud destinada a sobrevivir hasta más allá de la carne y más allá de los huesos. Pocas veces un hombre se pareció tanto a su propio monumento y pocas veces un líder político –sin necesidad de decir nada– tuvo tanta cara de slogan. La chispa de una vida con voluntad de incendio. Sí: ahí está la foto de alguien que, sin abrir la boca –suspendido en el tiempo y el espacio, condenado a romper cadenas perpetuas por toda la eternidad–, parece decir “Hasta la victoria siempre” sin detenerse a pensar que se trata de una frase engañosa. Porque lo que en realidad anuncia es una vencida expresión de deseo irrealizable, donde la palabra operativa no es victoria ni siempre, sino ese ambiguo y elástico y atemporal hasta.

Es la foto que conecta con otra foto en un futuro más o menos próximo (una foto a la que me referiré más adelante) y es la foto de alguien que acaso ya sospecha un impronunciable pero ensordecedor “Hasta la derrota pronto”.

TRES
La foto de Alberto Korda (alias de Alberto Díaz Gutiérrez, 1928-2001) fue alumbrada una mañana del 5 de marzo de 1960. La suerte o el destino de estar a la hora precisa en el lugar correcto y, sí, es una de esas imágenes que dicen más que mil palabras y tal vez por eso Jon Lee Anderson apenas le dedique un breve párrafo al satori en su exhaustivo Che Guevara: una vida revolucionaria (Anagrama). Allí se lee, se mira, se dispara:

“Al día siguiente, con los brazos entrelazados en confraternidad marcial, Fidel y el Che encabezaron el cortejo fúnebre (de las casi cien víctimas por una explosión nunca del todo explicada en el carguero francés ‘La Coubre’, atracado en un muelle del puerto de La Habana) que recorrió el Malecón. Más tarde, mientras Fidel arengaba a la multitud desde un balcón, flanqueado por los demás dirigentes de la revolución, un joven fotógrafo cubano llamado Alberto Korda encontró un buen puesto desde donde podía retratarlos. Su lente se detuvo en el Che y, al enfocarlo, Korda quedó atónito al ver su expresión implacable. Oprimió el disparador y la fotografía no tardó en recorrer el mundo, convirtiéndose con el tiempo en el célebre retrato del prócer que adornaría tantas residencias universitarias. El Che aparece como el icono revolucionario sin par, con una mirada desafiante que escruta el futuro, su rostro es la encarnación viril de la indignación ante la injusticia social”, interpreta Anderson marcha atrás mientras Fidel habla y habla y habla, y el Che, solemne, calla. Pero qué pasa si en ese momento el Che estaba pensando en lo que iba a almorzar más tarde, o si se preguntaba dónde habría dejado las llaves de su casa que no encontraba por ninguna parte, o si en realidad estaba recordando un sueño de la noche anterior: una pesadilla donde este extranjero corría por una selva extranjera, traicionado y perseguido por aquellos a los que había acudido a liberar, a revolucionar, y después disparos, disparos de rifles y no de cámaras, y su propio cuerpo muerto y acostado, rodeado de extraños, posando para una última foto, con los ojos bien abiertos y el corazón tan cerrado.

CUATRO
En cambio, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante dedicará páginas enteras denunciando algo parecido a una conspiración gráfica –recortando al Che de lo que en realidad es una foto de grupo tomada en el cementerio Colón; por ahí andan también Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, quien explica al Che como “no sólo un intelectual sino el ser humano más completo de nuestra época”– que involucrará al ambicioso Korda (más aficionado a los desnudos artísticos y a las fotos de moda y, según Cabrera Infante, autor por lo menos incierto de la imagen) y a los astutos editores italianos Giangiacomo Feltrinelli y Valerio Riva, quienes la posterizaron para la, sí, posteridad en 1967 o en 1968.

Korda lamentó hasta su muerte –según lo que se lee en Senior Service (Tusquets), biografía de Feltrinelli firmada por su hijo Carlo– el no haber pedido derechos de autor por esa foto.
Y concluye Cabrera Infante: “Una palabra o dos, como dice Otelo, antes de irme. Es, como siempre, una pregunta de despedida. ¿Alguien ha reparado en que la imagen de El Guerrillero Heroico muestra la cara no de un ‘visionario revolucionario’ sino de un perdedor nato?”.
Está claro que Cabrera Infante exagera un poco.

08-10-07

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