Una breve gran obra
LOS SUEÑOS DE JUAN CRISTÓBAL
Por: Juan Cristobal
Noche de agosto, noche de invierno, dura y fría. Pero el lunes 13, en el Auditorio del Centro Cultural de España, a las ocho, el ambiente era cálido y alegre. Los amigos de Juan Cristóbal, sus conocidos y amantes de la buena poesía llenaron todas los espacios para gozar de la presentación de su última obra: SUEÑOS. Narraciones cortas con una gran dosis poética. El autor, nos ha regalado el texto que tuvo a bien leer en la presentación, con una especie de colofón, que fue la lectura de cinco sueños.
Me encantaría poder darles un abrazo a todos y un beso a ciertas personas. Los doy por enviados y recibidos. Estoy feliz de compartir esta noche de invierno con Uds. Una noche que debe tener el tinte de los muy puros e inocentes arrebatos. Darle las gracias a Jorge Luis Roncal, Margot Palomino y Oswaldo Reynoso, reconocidos escritores y cantantes, por compartir y avalar, de alguna forma, esta instancia grata de la locura.
Comencé a pensar en este libro cuando no podía dormir. Y cuando lo comencé a escribir, deje de pensarlo, simplemente lo comencé a escribir sin soñar que era escritor.
Si hubiese sido más irreverente, hubiera escrito algo más serio y atrevido, más sugerente y sugestivo. Pero me ganaron las musarañas, las gaviotas y las causas perdidas: ese lugar donde algún día se darán un abrazo el pasado y el futuro que muchos anhelamos.
Me dejé llevar, lamentablemente, por las arbitrariedades del orden y de la seriedad, y en vez de ser un subversivo, como deseé ser toda mi vida, me entregué a los dictados perniciosos de la lógica y la razón, y no a las de la libertad y felicidad: las frutas prohibidas de estos años.
Si hubiese sido un rebelde, no me hubiese importado tanto que algunos amigos, que me invitaban a beber, llegasen a tenerme lástima por llegar ebrio a sus reuniones. Pero, felizmente, como dice Woody Allen, soy ateo, la oposición permanente a Dios.
Tampoco me perdono sentir tanta culpa cuando llamo, a las dos o tres de la mañana, a algunas amigas, para que traten de descubrir que lo único que deseo es hacerles saber mi soledad desde mis más incrédulas y recónditas oscuridades. Tal vez lo hago porque no supe amar debidamente, aunque si salto de alegría cuando meto un gol o descubro una estrella lejana. Y una razón más, la que con tanta brillantez dijera el gran Antonio Machado, “el hombre no es tal, mientras no oye su nombre en los labios de una mujer”.
Si hubiese tenido cierta dosis de osadía, me hubiese armado de valor, y como Billy the Kid, ese famoso bandolero del antiguo oeste, no hubiese obedecido esa voz llena de ternura, autoridad y sabiduría que emana de mi hija, y me hubiese extraviado, sin ningún tipo de razón, por las misteriosas Huacas celestiales de Magdalena, para que sigan creyendo, los amos del poder y la globalización, que continuamos siendo unos seres improductivos.
Si no me hubiese importado tanto “el qué dirán de las personas”, hubiese seguido durmiendo en las tabernas y andando con los pantalones hechos unos desbarajustes, oliendo a vino, pólvora y dinamita, debiéndole a los amigos y hablando mal de los críticos y editores y de ciertos escritores que reniegan de su vida, mientras continuaría rompiéndome, alegremente, el alma y la cabeza en todas las esquinas.
Y si hubiese sido más atrevido, hubiese construido una escuela, donde solamente hubieran bibliotecas submarinas donde los escolares pudieran amar y jugar libremente “callao, cinco rayas” y a la seriedad de los caballos. Y con los ahorros que perdí en las fiestas de los barrios, hubiese levantado un bar con un mostrador del tamaño del arco iris que llegase hasta el cielo, para que todos los borrachitos tengan tragos de todos los colores.
Si todo esto, y más, lo hubiese asumido, con la voracidad del mar o la fuerza de los terremotos andinos, otras serían las densidades y sorpresas de este libro. Hubiese sido una especie de músico vidente tocando en una orquesta de ciegos, porque no hubiese tomado a la vida de manera tan indolente y egoísta, sino la hubiese enfrentado al igual que Jack el Destripador, como el lado oscuro de la luna… pero ahora, hasta los huesos me duelen, y no porque esté envejeciendo, sino porque me causa risa mi desdicha.
Por eso, cuando terminé el libro, lloré de vergüenza, pero me vengué de mis enemigos repitiéndome una adivinanza que jamás pude adivinar, y que comparto con Uds., porque no siempre el autor tiene que triunfar, sino también debe ser conciente de sus derrotas:
Cuando me siento, me estiro.
Cuando me paro, me encojo.
Entro al fuego y no me quemo,
Entro al agua y no me mojo.
Y no sé por qué, recordaba, en las más frías madrugadas, casi de manera obsesiva, ese proverbio africano que dice: “Hasta que los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”-
Fue cuando puse en manos de una amiga psiquiatra estos SUEÑOS para que me diera su opinión. Y ella, de una sola leída, y sin el menor reparo de mirarme a los ojos, me dijo: “Son “sueños lucidos”, porque uno se da cuenta de lo que tratas de decir o lo que estás soñando, porque diriges el sueño, lo manipulas, lo cambias de lugar, lo haces ir por lugares desconocidos, lo haces perdurar en la memoria…”. Le pregunte, estupefacto: ¿entonces son profecías?, ¿mensajes mentales? “Tampoco, me respondió, son experiencias espirituales, hipe realidades de la realidad…”. Por respeto a nuestra amistad, no la mandé a los limites más inescrutables del universo.
Entonces, frente a esta descachalandrada situación, decidí escribir un pequeño prólogo, para no quedar desarmado frente a la vida, que se titula, “A modo de vigilia”, que está incorporado en el libro, y que no voy a leer por razones justificadamente entendibles. Señalo, finalmente, que si no lo entienden no será culpa mía. La mochila ya está repleta. Una atingencia última: como se darán cuenta, antes entregaba poemas donde desbordábase la desdicha, las frustraciones, la desesperanza, a veces la alegría, el amor, pocas veces la ternura o los afectos, pero esta vez les entrego algo que va más allá de todo ello y que abarca todo ello: mis SUEÑOS.
SUEÑO 4
Cuando despierto, sé que pertenezco a este mundo. Que puedo ver el sol y las nubes, oler las flores, mirar el color de las frutas, beber el vino de las estrellas, llamar a las cosas por su nombre, mirarme en el espejo y saber que soy el que hago todas estas cosas sin tener que llamar a las sombras o ir a otros lugares desconocidos. Pero cuando me duermo, y sueño, veo cosas difíciles de contar. Entonces, en la mañana, la pregunta de siempre: ¿Dónde vivir, aquí en esta tierra llena de melodías y misterios, o en esa tierra sagrada donde las escaleras ascienden infinitamente y el mar se parece a los sueños?
SUEÑO 7
Comencé a subir una escalera muy angosta, pero en cuanto la subía se hacía cada vez más ancha y misteriosa. No sé cuánto tiempo estuve subiendo, lo cierto es que llegué a un lugar donde sólo se veían las estrellas y un agujero negro cuando miraba el infinito. Pensé, ¿será así el cielo?, ¿será así la muerte? Entonces me paré en el último peldaño y quise arrojarme hacia ese espacio oscuro, lleno de tinieblas que veía, pues me dije, “arrojarse al abismo celestial debe ser de una dulzura inconmensurable”. Cuando de pronto, un llanto de niño me hizo ver la realidad: la rama vieja de un árbol que se movía lentamente con el viento y chocaba contra los vidrios de una iglesia derruida.
SUEÑO 14
La madre salva a su hija de un incendio. La hija le pregunta: “Madre, ¿todo es vergüenza, odio y olvido?”. La madre no contesta, llora. La hija le dice: “¿Y dónde está el Paraíso?”. La madre responde: “En tus ojos, hija mía, en tus ojos”.
SUEÑO 52
Vio a un ángel iluminado en el techo. Verlo le causó un gran sobresalto. Le parecía divisar el paraíso navegando sobre el mar. No quería creer lo que veía. Nunca había visto algo semejante: un lugar dónde sólo palpitasen islas y bosques inexistentes. ¿Será esa la luz de la esperanza?, se preguntó, con esa sensación de creer en cosas que jamás había conocido. Pero al no obtener respuestas, se levantó apresuradamente y se abandonó tenuemente en su cuerpo. Pero el ángel seguía allí, entre la noche y el temor impertérrito de las horas. Tuvo miedo que le hablara, incluso lo mirara. Pero luego de un rato, él se atrevió a hacerlo: lo miró y le dirigió la palabra. Sintió que de sus labios salía un rumor como venido de una música lejana. Al instante sintió que se había instalado el silencio más absoluto entre los dos.
SUEÑO 55
Un cartel dice: “No olvides nada, vive donde quieras, el hollín de las aguas es demasiado peligroso, lee lo que está escrito, lo demás, como las palabras, es pura coincidencia, recuerda: es imposible naufragar como una reliquia en las ciudades, observa los muertos, no te asustes, respira flores, resiste el viento, el caos no existe, la venganza y la noche tampoco, no te alejes, ama tu cuerpo, duerme y disfruta de tus sueños, no desaparezcas en las ofrendas del día, el día es demasiado complicado para que sea una simple leyenda donde desaparezcan las mentiras y los ojos”. Eso lo leía en la línea de uno de mis sueños, cuando cayo una mariposa. En la mañana, cuando desperté, la mariposa volaba cerca del corazón de los naufragios.
20-08-07
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