HOMENAJE A UN GRAN ESCRITOR

Las inmortales narraciones de Oswaldo Reynoso*

Entre el 14 y el 27 de abril pasados, en Santiago de Chile, se realizó el IV Congreso de Peruanistas en el Extranjero donde se rindió  homenaje al narrador Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) a través de una mesa de estudio de toda su obra. Reynoso es autor de varias novelas y libros de cuentos que lo han llevado a convertirse en el más destacado de los escritores de culto de este país, seguido por innumerables  creadores literarios.

 

Por Maynor Freyre
Escritor

I

Deberé acentuar que he calificado las narraciones de Oswaldo Reynoso como inmortales en el título que antecede, y no como inmorales, tal como sucediera con sus dos primeras obras iniciales: el libro de cuentos Los inocentes (primera edición de 1961 hecha por La Rama Florida, editorial que dirigiera Javier Sologuren, y cuya segunda edición de 40 mil ejemplares fuera realizada por Populibros de Manuel Scorza con el añadido de Lima en rock, y con un letrerito o postón donde se leía: “Sólo para mayores”, ahora ya en su 15ª edición) y  su primera novela titulada En octubre no hay milagros (obra que ya se encuentra en su 5ª edición por Editorial San Marcos de Lima) que llegaron a suscitar una retahíla de agrios comentarios adversos y polémicas subidas de tono.

Es especial esto sucedió cuando en 1965 se publico En octubre no hay milagros, cuyo solo título sonaba a injuria para los devotos limeños, generando apreciaciones como la publicada en la revista Oiga del 23 de diciembre de 1965, Sección Libros: “pocas veces la literatura peruana se había atrevido a ir tan lejos al pintar este friso dantesco de corrupción, horror y miseria como esta brutal y fustigante concepción de Reinoso (sic), iracundo autor que escribe a latigazos, narra a empellones y describe a sus personajes como si los estuviera abofeteando”.

Los titulares de los periódicos se ocuparon, como pocas veces en Lima, y también en Arequipa (tierra natal de Reynoso) a raíz del I Encuentro de Narradores Peruanos, de la obra de un narrador de manera tan profusa y polémica. Uno de estos debates fue convocado por las páginas del diario El Pueblo de Arequipa unos meses después del encuentro de escritores ya mencionado, colocando la siguiente Nota de Redacción o gorro a las diversas entrevistas hechas bajo un idéntico cuestionario de cuatro preguntas. Leamos: “El Pueblo, a través de  un cuestionario de preguntas, ha inquirido a los estudiosos de literatura de Arequipa, sobre la naturaleza e importancia que tiene En octubre no hay milagros, novela del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso recientemente aparecida. Tratándose de un tema que ha despertado violentas polémicas en el ambiente literario del Perú, la opinión de tales estudiosos servirá para aclarar ideas y conceptos (el subrayado es nuestro).

Por ejemplo, Antonio Cornejo Polar respondió: “el mayor aporte de En octubre no hay milagros es la valentía con que juzga a nuestra realidad de acuerdo a la perspectiva que Reynoso considera justa. Es también interesante la factura total de la novela, su modernidad...”. Asimismo, reproducimos otra opinión del anónimo comentarista de Oiga ya citado: “Acierto del libro es la prosa jugosa, convencional, salpimentada de expresiones populares de fuerte impacto. Reynoso tiene una extraordinaria habilidad para comunicar impresiones. Es un verdadero acuarelista. Su novela huele, palpa, sabe”.

En cambio, ante la aparición de Los inocentes, otro anónimo comentarista, citando unas declaraciones de Reynoso durante una entrevista televisada, donde dijera: “Yo no he tomado los personajes de este libro. Es la sociedad quien los ha creado”, interpreta: Lo dijo porque es un libro en el cual el 67% de las palabras son palabras que no utilizaría una dama (sic); porque algunos rocanroleros de la nueva ola aprenderán un vicio nuevo de los personajes de este libro y porque los lectores más heterogéneos podrán también aprender otras tantas cochinadas (sic) de esos cinco relatos”. Acordémonos que unos años antes el cardenal de Lima Juan Guevara había condenado con la excomunión a todos aquellos feligreses católicos que se atrevieran a bailar el mambo siguiendo los fogosos sones de Dámaso Pérez Prado y que para ingresar a la misa dominical las damas debían tocarse la cabeza con mantilla, no vestir blusa de manga corta y menos pantalones, si no eran expulsadas por adustos miembros de la Acción Católica, colocados como vigilantes en los atrios de los templos limeños luciendo un brazalete amarillo como distintivo de su irrebatible poder.

Cuando publica su tercera obra narrativa, El escarabajo y el hombre (Lima, 1970), Reynoso termina en la práctica con esta saga “maldita”, donde pesan de manera indudable las influencias de dos autores fundamentales: el Martín Adán de La casa de cartón y  el norteamericano John Dos Passos, recordado por su trilogía Usa (El gran dinero, El paralelo 48 y 1919). De Adán recogería el halo poético que impregna a sus pasajes descriptivos; de Dos Passos cierta frialdad impactante para asumir los temas escabrosos. No podemos olvidar que Dos Passos perteneció y escribió sobre la denominada “generación perdida”. Como él, Reynoso da un panorama sentimental, político y socio económico de su país. Y como él, de forma especial en su segunda novela, utiliza tres espacios narrativos: la novela propiamente dicha y algo así como los noticiarios y el ojo cinematográfico con los que intercala el estadounidense cada capítulo. Aparte de haber asimilado de sus catedráticos de la Universidad Nacional de Educación de La Cantuta –adonde Reynoso estudiara para profesor y luego ejerciera la docencia—las enseñanzas y lecturas exigidas de  James Joyce, Jean Paúl Sartre, Albert Camus, entre otros, especialmente impulsado por el maestro Guillermo Delli (el que como tesoro guarda unos bellos e inéditos sonetos que ojalá se anime un día a publicar).

El escarabajo y el hombre no llegó a tener la repercusión de los anteriores libros publicados por Reynoso, a pesar de poseer una más fina factura narrativa, tanto en el lenguaje como en la técnica. Además que aborda los comienzos de la descomposición de la clase media urbana del país, quienes “han creado sus propios valores para sobrevivir, están solos: no tienen bandera y todo por la situación económica de sus casas y por toda esa mierda que les rodea y si pudieran entender se volverían extremistas...”, como extraemos de un diálogo profético del libro; a lo que contesta el interlocutor: “hay que ser muy hombre para escapar de ese remolino, Profe”.

II

Luego de este libro de 1970, Reynoso va a mantener un silencio literario de 23 años hasta que en 1993 la Editorial Peisa saca a la luz una deliciosa nouvelle: En busca de Aladino en vez de la prometida Los Kantutos, cuya primera parte nos había sido entregada como un avance por el Nº 2 de la revista Visión del Perú dirigida por Carlos Milla Batres y Washington Delgado, de fecha Agosto / 1967. Como un paréntesis diremos que Los kantutos es un intento de Reynoso por dejar Lima como numen para tomar a la ciudad de Ayacucho en su reemplazo, incluyendo junto a este nuevo paisaje novelístico el trabajo del lenguaje español quechuahablante, incluyendo algunos quechuismos. En busca de Aladino nos separa al inicial Reynoso realista urbano para retrotraernos al poeta de Luzbel (uno de los nombres del demonio), poemario de juventud reynosiana influenciada por Rimbaud, Verlaine y Baudelaire, entre otros, tales Rilke, Whitman, Neruda y Vallejo, cuando formaba parte del grupo Avanzada Sur.

Es un libro para leer de un solo aliento: se trata de “una prosa sensual, plena de aromas y colores, que recrea la apasionada exploración que emprende el trotamundos. Que viaja por la China milenaria en pos de la maravilla de su adolescencia, como sostiene la presentación de contratapa. Gocemos con el siguiente párrafo: “das la vuelta y me miras: en tu rostro descubro la inmovilidad completa del tao y el pecado no existe: sólo la límpida moral de la piel y en las playas de Mollendo donde por primera vez vi el mar yo tenía catorce años y era casto por miedo al infierno inculcado en oscuras y abovedadas iglesias de sillar donde ardían grandes cirios como avisos luminosos anunciando los tormentos de Satanás y con el brazo extendido la renuncia a los pecados de la carne y antes la muerte que el sexo como mártires cristianos...”.

Este extracto de la nouvelle supuestamente tardía de Reynoso, pues muchos críticos están acostumbrados a medir las obras al peso (¡ah!, esa novelita..., dicen) lo hemos puesto en estas líneas porque, tal como Los inocentes (cinco cuentos entrelazados por personajes y hechos: ¿una noveleta?) precediera a En octubre no hay milagros, también precedió a lo que algunos consideramos la obra magna de Reynoso: su novela total Los eunucos inmortales, resultado de doce años de retiro en la República Popular China, donde pudo conocer el socialismo real con todas sus implicancias, y que tiene como pretexto los graves incidentes de la plaza Tian’ anmen de Pekín ocurridos a fines de la década de los ochenta, para meditar acerca del socialismo y sus verdaderos caminos, así como para rememorar el levantamiento arequipeño contra el dictador Odría; con imborrables escenas como la siguiente: “y a mi lado cayó un obrero con el cráneo abierto por una granada y Vargas Vicuña (Eleodoro, el recientemente fallecido poeta y narrador) recogió los sesos en su pañuelo, se subió a las gradas de piedra de una casona y levantándose sobre la multitud recitó uno de los poemas más hermosos que he escuchado en mi vida y el crepúsculo quemado de naranja parece que se hubiera detenido en las torres de sillar de la Catedral de donde salían hacia los poblados de la campiña los toques a rebato de la campana mayor llamando a somatén al pueblo arequipeño para luchar contra el dictador...”.

Novela de meditación, Los eunucos inmortales, de búsqueda obtención de un nuevo lenguaje, de hurgar los caminos de la felicidad en el interior del hombre, en la belleza, en la ensoñación, sin dejar de pisar tierra, sin eludir la búsqueda utópica de la justicia social que se levanta contra el poder oculto que manejó un enorme país como China. Narración que nos hace sentir a flor de piel la sensualidad de la vida y nos da a conocer los socavones secretos del poder tras el trono ejercido por grupos que han venido heredándolo intermitentemente.

Washington Delgado, Miguel Gutiérrez, Tulio Mora, Carlos Garayar y Miguel Arámbulo ya han escrito sobre esta obra; unos y otros con mayor o menor solvencia. Aquí sólo añadiremos unas frases del mismo Reynoso: “Yo nací en 1932 en Arequipa. Mis padres eran tacneños. Yo siempre he sido místico y me han gustado los ritos. Me encantaban esas misas solemnes en la Catedral y en las oscuras iglesias de sillar de Arequipa. Con órganos, coros, ornamentos, cirios de colores, los altares dorados o plateados, las vestimentas especiales de los curas. Años después me encantó enterarme de lo que Wagner decía: ‘La misa no es más que una opera para el pueblo”.

Así es la última novela de Reynoso, una misa literaria cantada como una opera dentro de una vieja iglesia de gran acústica: China. No en vano Oswaldo fue coreuta al lado de fray José Mujica en la iglesia de San Francisco de Arequipa. Gracias a Dios abandono el bel canto por las letras.

* Comentario aparecido en la revista de la Universidad Nacional Federico Villarreal, Yachaywasi Nº 6,  fechada con el mes de setiembre de 1998.